| En esta sección aparecen desarrolladas distintas reflexiones, elaboradas por un equipo de profesionales, que servirán de ayuda a los adultos interesados en cuestiones como qué libros pueden leer los niños y las niñas según su edad, cómo animar un cuento, libro y televisión, lecturas compartidas y muchas otras. |
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Los bebés no comen fabada Aunque toda norma tiene sus excepciones y en cuestión de gustos no hay nada definitivo, no podemos olvidarnos de la capacidad digestiva del comensal que hemos invitado a nuestra mesa. Del mismo modo que nadie duda de que a un bebé no se le pueden dar alubias por el mero hecho de que ya sepa tragar papillas, no podemos pretender atragantar a un lector incipiente con la Divina Comedia o El Quijote porque ya sea capaz de descifrar los signos gráficos. Un empacho lingüístico a estas alturas puede provocar una definitiva alergia a las letras. Alfombra de plumas, no de clavos Muchos padres y maestros olvidan que bajo unos pies descalzos –léase: «ojos ávidos de cuentos»– hay que situar una alfombra de plumas cuando pretenden que sus chavales de 5, 6 o 7 años se familiaricen con libros descomunales, repletos de letras minúsculas y fabricados en materiales poco agradables. A los primeros lectores hay que darle libros cautivadores, amenos, deliciosos y delicados, seductores y humorísticos. Debe tenerse en cuenta su tamaño, sus formas, la suavidad y textura del papel, la calidad y expresividad de sus dibujos, las dimensiones y densidades de los textos... No olvidemos que para un pequeño los libros tienen que entrar por todos los sentidos, no sólo por los ojos. A ellos les gusta jugar, manipular, espachurrar, llevarse a la boca, olisquear, lanzar y recoger. Si tememos que los libros se rompan, démosles aquellos que pueden resistir su furia investigadora. El entrenador no juega Creen que su condición de lectores experimentados les da derecho a imponer, elegir y dictar el modo, el momento, el lugar e incluso la emoción con la que los chavales habrán de desarrollar su proceso lector. El entrenador ideal no es aquel que crea estrategias revolucionarias e invencibles, ni aquel que encorseta a sus jugadores en un reglamento rígido y autómata. Esta falta de flexibilidad creará una tensión que obligará a los deportistas a desenvolverse sin espontaneidad. El entrenador, animador o maestro genial será aquel que enseñe a sus aprendices a ser autónomos, a evolucionar sobre el césped-libro con inteligencia, libertad y capacidad de decisión. Aquel que ayude a cada individuo a encontrar lo mejor de sí mismo y a elegir su propio lugar en el equipo. Cuando ese sujeto se sienta él mismo, cuando perciba que se valora su idiosincrasia y capacidad, podrá rendir al máximo. Enseñemos a nuestros chavales a ser críticos y libres, desarrollemos todas sus capacidades, reforcemos su autoestima y su razonamiento, hagamos que nos sientan como acompañantes y, al mismo tiempo, puntos de referencia... y ellos mismos irán creciendo como lectores y como personas. Dejemos que se equivoquen, que fracasen, que realicen jugadas arriesgadas que unas veces acabarán en gol y otras en un lanzamiento por encima del larguero. Dejemos que escojan sus libros atraídos por una imagen deslumbrante, por una intuición, por una impresionante campaña publicitaria... y que luego se sientan desengañados. Permitámosles que dejen un libro en la página 6 o en la 32, que elijan una y otra vez hasta que encuentren su lectura ideal. No critiquemos sus devaneos, su aparente falta de constancia, su ficticia pereza. Confiemos en ellos y hagámosles notar que estamos a su lado con la disposición de echarles una mano cuando lo precisen. Pero que sean ellos los que acudan a nosotros. «¡Qué disgusto: me han impuesto sus gustos!» Debemos entender que lo que nos causa sorpresa, emoción, pasión, puede ser totalmente indiferente para quienes nos rodean. Si obligamos a nuestros hijos a leer exclusivamente libros de animales porque a nosotros nos encantan, lograremos dos cosas: que ellos aborrezcan a todo bicho viviente y que de paso no quieran ver un libro ni en pintura. Profundicemos en la psicología, los gustos e intereses de los chavales que tenemos en nuestras manos. Procuremos conocer a fondo lo que aman, lo que les seduce, lo que desearían más que nada en el mundo, y desde esta información confidencial busquemos y rebusquemos en el pozo de nuestros conocimientos bibliográficos para darle a cada uno lo que desea. Y si encontramos un muchacho indeciso, que no termina de saber qué tipo de historias o de aficiones le enganchan, abramos ante sus ojos un abanico lo más variado y atractivo posible y enseñémosle las virtudes de cada tema. Después, él mismo tomará la decisión y emprenderá el camino que guste. «¡Quiero ser como el Capitán Garfio, no como Peter Pan!» Nos sorprendería saber que su favorito no es siempre el que nosotros esperábamos: tal vez le mole más el lobo que Caperucita; flipará más con la madrastra que con la cursi de Blancanieves; preferirá al Capitán Garfio antes que a Peter Pan… Por eso le ofreceremos libros en los que los protagonistas estén bien perfilados psicológica y éticamente, personajes que habrán de ser creíbles y convincentes, coherentes y lógicos. Las historias sin héroes con carácter se olvidan pronto. «¡Quiero conmoverme: llorar, reír, temblar de miedo!» «Dibujos que estimulen mi imaginación, no que la sepulten» Saborea con placer la propuesta artística si ésta acompaña respetuosa y fielmente el texto y si representa nítidamente al héroe desde el principio hasta la última página, haciendo presentir por sus gestos tanto sus estados de ánimo como los avatares que está sufriendo en cada momento. La imagen habrá de ser rica y variada y ampliar la información que aporta el texto sobre todo en los libros para los más pequeños en los que la extensión ha de ser limitada si no se quiere fundir el umbral de atención del niño. «Soy único e irrepetible, no lo olvidéis» Aceptemos y celebremos que nuestro hijo tenga sus propias preferencias, aunque en ciertos momentos nos parezcan disparatadas o incluso inconvenientes (¡no es bueno que sólo lea libros de pesadillas, monstruos y crímenes!). Ya llegará la literatura de calidad y los autores canónicos… ¡O no, tal vez no lleguen nunca! Hay chavales a los que no les gustan los libros «para niños», los cuentos, porque los consideran ñoños, complejos o aburridos. Sólo disfrutan leyendo relatos de la vida natural, que les hablen de animales, de bosques, del universo, de la vida en otros planetas o en países lejanos. Los hay que sólo disfrutan con la prensa y los que sólo gozan con los tebeos (aunque a más de un adulto le parezcan subliteratura). Los más atrevidos aún son ¡los apasionados de los libros de poemas! (y a algún que otro padre machote le sale la vena sexista y tilda a su hijo de «afeminado»). Cada cual tiene sus ritmos, sus pulsiones, sus intereses y sus momentos de explosión y descubrimiento. Los padres tenemos que acompañarles, abrir ante ellos una ventana lo más amplia y rica de lectura para que por ellas el niño deje penetrar el tipo de viento que necesite y anhele en cada momento. De la narración oral a la pasión lectora Debemos reservar diariamente un rato a la narración gozosa de un relato motivador y emocionante. El niño esperará con ilusión estos momentos mágicos y todos disfrutaremos desde nuestro papel: ellos como oyentes apasionados y nosotros como generadores de fantasía y afecto. Vamos a terminar con una frase de Pierre Gamarra: «No pueden leerse libros si antes no se ha leído el mundo». Kepa Osoro |