Ideas SOL
En esta sección aparecen desarrolladas distintas reflexiones, elaboradas por un equipo de profesionales, que servirán de ayuda a los adultos interesados en cuestiones como qué libros pueden leer los niños y las niñas según su edad, cómo animar un cuento, libro y televisión, lecturas compartidas y muchas otras.


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Lectura y sentimientos
Cómo enseñar a los niños a odiar la lectura
Cómo elegir libros de literatura infantil
Estrategias del deseo o trucos para leer
Dos decálogos para disfrutar del potencial de la palabra escrita y de la palabra pronunciada (Primera parte)
Dos decálogos para disfrutar del potencial de la palabra escrita y de la palabra pronunciada (Segunda parte)
Orientaciones para leer en familia
Escuela y familia. Miradas confluyentes
Poesía para los que no leen poesía. (Aún)
Derechos del niño en torno a la lectura
¿Por qué leer en voz alta?
Sugerencias para leer mejor en voz alta
A la sombra de un libro...
Si queremos que a un niño le guste la lectura no deberemos...
Compartir las lecturas
Características de los cuentos según la edad y la etapa de desarrollo lector
¿El libro y la televisión son enemigos irreconciliables?
Compartir historias
¡Hay que leer libros de provecho!
El Manga, cómic para todos los gustos
Los mejores especialistas en lectura infantil
Esos libros olvidados... Los libros de conocimientos
Los peligros que acechan
Preparando las vacaciones
Internet y familia
Cada niño es otro niño
Lectura por edades
El valor de la lectura
La psicoliteratura o los libros de familia: cómo, qué, cuándo, dónde
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Lectura y sentimientos
0-5, 6-8, 9-11, 12-14
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La verdadera literatura es la que brota en el alma, anida en el corazón y se eleva hacia el cielo como un suspiro de amor.

Introducción

Cuando se habla de la necesidad, conveniencia e incluso urgencia de desarrollar en nuestros niños y jóvenes el hábito por la lectura se despliegan todo tipo de argumentos planteados desde diferentes enfoques intelectuales: racionalistas, empiristas, historicistas, etc. Se colocan sobre la mesa mil y una estrategias que suelen ser expuestas con matices paracomerciales (“¡haga esto y su hijo se convertirá en lector!, ¡garantizado!”). Se abre el baúl de los tesoros para que asome el trillón de materiales y recursos que pueden ayudarnos a cocinar la consabida receta lectora…

Sin denostar el trabajo ni la filosofía de nadie, desde la modestia y la experiencia, nosotros vamos a ofrecer un enfoque muy diferente: hablaremos del papel de los sentimientos en la transmisión de la pasión por los libros. Al reflexionar sobre este tema y su conexión con el papel de los padres en el nacimiento y desarrollo del gusto por la lectura, nos vienen a la cabeza unas bellas palabras de Concepción Arenal: «El amor es para el niño lo que el sol para las flores; no le basta pan; necesita caricias para ser bueno y para ser fuerte».
El lector se preguntará por qué, y para explicárselo hemos tejido este artículo en el que subrayaremos la importancia que tienen algunos sentimientos en la formación lectora.

Lectura compartida, lectura en compañía
En el acto lector descubrimos dos vertientes: en un primer nivel, es una llave, una puerta de acceso al conocimiento y la información; sería la faceta “utilitarista” y práctica de la lectura. Pero también tenemos que hablar de la lectura como fuente directa de placer y enriquecimiento personal, en el plano de las emociones, la recreación imaginativa y la divergencia intelectual; sería la faceta intimista, transgresora y catártica de la lectura.

¿Lectura compartida? Parece una paradoja enlazar ambos vocablos porque conceptualmente parecen chocar frontalmente. Por definición, la lectura es un acto individual, íntimo, en el que lector a lo sumo se “relaciona” con el escritor a través de un texto. No hacen falta ni más intermediarios ni más espectadores. Entonces, ¿tiene sentido hablar de lectura acompañada? ¿En qué medida estaríamos hablando realmente de un acto lector y no de una “comunicación basada en la lectura”? Por tanto, ¿qué es lo que se puede compartir durante la lectura?

No se trata sólo de compartir espacios y materiales de lectura sino, sobre todo, de que el padre comparta su propia dicha de leer. El niño llegará a tener un hábito permanente y gozoso de lectura si sus padres alimentaran su entusiasmo, si estimularan su deseo de aprender, si le acompañaran en su esfuerzo, si consintieran en perder tardes en lugar de intentar ganar tiempo, si nutrieran este placer –el de la lectura– hasta que se transmutara en hábito personal.

Cuando dentro del entorno familiar se lleva a cabo una sesión de lo que nosotros llamamos Lectura-De-Cercanía el niño mantiene su status de protagonista al tiempo que bebe y da de beber a quienes le acompañan de una fuente lectora rica y vivificante porque sobre todos se derrama un diluvio de claves, interpretaciones, imágenes, emociones, intuiciones y sentimientos que enriquecen los enfoques y análisis individuales.

Podemos entender como imprescindibles dentro del ámbito familiar actividades como "hablar sobre los libros, expresar las emociones que han suscitado, constatar las diferencias de gustos y apreciaciones, recomendar e interesarse por las recomendaciones de los demás. Los libros pasarán a formar parte de la vida de los niños si estos perciben que son una forma de comunicación con el entorno"(1)

Recordemos que el placer de leer no es natural, pero sí la necesidad de soñar e imaginar. Por tanto, animar a los niños a la lectura es verter sobre ellos toda la magia, el sentimiento, la fascinación y la pasión que anidan en las palabras escritas para conmover, enseñar y descubrir el mundo y para entender al hombre.

Para leer un solo libro hay primero que haber leído el mundo, hay que haber sido capaz de empaparse de toda la frescura de las flores, de la melodía de todos los pájaros, de la fantasía de todos los niños y de la ternura de todas las madres.

Después podremos abrir ese cuento, esa novela, ese libro de poemas, esa obra dramática que un día fueron creados por una pluma grácil que deseaba espolvorear el mundo con sus emociones y sus sueños. En ese momento, cuando el lector realiza el acto sublime y silencioso de comunicarse con el texto, es cuando realmente comienza lo que solemos llamar Lectura Compartida porque si ese lector se siente conmovido, nota que le tiemblan las piernas de emoción, correrá sin duda a compartir sus sensaciones con alguien, ¿quién mejor que sus padres? Para nosotros la verdadera lectura compartida es la Lectura-De-Cercanía, la que se produce sólo en el encuentro gozoso y emotivo que se establece entre el niño y el padre que se dan de beber mutuamente, con respeto, sencillez y generosidad.

Estaríamos hablando de lo que el profesor Quintanal llama lectura de regazo, del acto lector que se lleva a cabo sobre todo en los primeros años del niño y que tiene lugar en el regazo, acogedor y gratificante de sus padres y, para nosotros, también de sus maestros. Estas primeras experiencias habrán de rodear al niño de ternura, comodidad, creatividad y alegría para redoblar así su autoestima, seguridad, sensibilidad y apertura.

El contagio del amor
Abríamos este artículo con las palabras de Concepción Arenal sobre la importancia del amor en la educación de los niños. Quintanal define la lectura de regazo como un acto de amor (entre niño y adulto y de estos a la lectura) porque el clima que se crea sólo puede hacer brotar sentimientos delicados y enriquecedores. En esos mágicos instantes, el niño siente que sus padres se interesan por su mundo, comparten sus fantasías y le comprenden.

Bertrand Russelll decía que «el amor es una experiencia en la que todo nuestro ser se refresca y renueva como las plantas con la lluvia después de una sequía». ¿No es para muchos de nuestros pequeños y jóvenes lectores la experiencia de la lectura una intransitable travesía por el desierto? ¡Démosles el rocío de la palabra compartida con ternura, con amor y se sentirán renovados! Porque, con Lichtenberg, nos preguntamos: «¿De qué sirven todas las salidas del sol si no nos levantamos?» Es decir, ¿de qué sirven los océanos de obras literarias fastuosas, sublimes y conmovedoras que ha ido entretejiendo el ser humano a lo largo de su historia si no ayudamos al niño a descubrirlas?

Eso es lo que tenemos que compartir realmente con él: nuestra propia pasión lectora. La primera clave es el ejemplo. Sólo se puede contagiar aquello que verdaderamente se ama, aquello que forma parte de nuestras pasiones más íntimas y preciadas. Los padres muchas veces llenamos nuestra boca de libros pero nuestra vida está vacía de lecturas. Lo que lleva a un niño a leer es, ante todo, el ejemplo de sus padres, que deben despertar la curiosidad infantil por la lectura. Lectura compartida, pero no impartida Con la mejor voluntad, cada vez son más los padres que muestran una sensibilización especial hacia la importancia de la lectura. Pero a esta concienciación le falta “sensibilidad”, delicadeza y tacto, tal vez porque se nos olvida que compartir no es impartir, es decir, los placeres, los gustos, las aficiones, las pasiones no pueden ser contagiadas “a martillazos”; no podemos seguir pretendiendo que el niño disfrute con la lectura si se la imponemos, de un modo poco tolerante y en absoluto tierno.

En una buena Escuela de Padres se debería enseñar a estos una asignatura trascendente: Pedagogía de los Sentimientos o Didáctica de las Emociones. Conviene recordar las palabras de Cayetano Arroyo: «Haced aquello que a vosotros os faltó que se os hiciera para que en cada generación los árboles sean más rectos”. Y añadiríamos: “y si no sabéis hacerlo reclamad que se os enseñe".

La insobornable levedad del deseo
María Montessori decía que educar a un hijo es, en esencia, enseñarle a valerse sin nosotros. Sus palabras vienen a ser el eco de aquellas otras de Miguel de Cervantes en las que nos aconsejaba dejar caminar a nuestros hijos por donde su estrella les llame. El padre debe reconocer con humildad que tal vez ha olvidado que si el niño no desea, si no siente la necesidad de leer, si no se siente libre para elegir sus lecturas, para escoger los momentos en los que buceará en los libros, difícilmente podrá sembrar sus praderas intelectuales y personales con frutos literarios que tengan el más diminuto de los impulsos efervescentes.

Todos sabemos que lo que es impuesto implica rechazo mientras que lo que escogemos, lo que anhelamos se convierte automáticamente en una experiencia positiva. Permitamos al niño buscar la estrella de su destino literario y para ello comprendamos que habrá que darle tiempo para que bucee en su interior porque su génesis estará sin duda en su propio corazón, en sus intereses, en sus anhelos, en sus sueños y en sus esperanzas. Aceptemos que la lectura tiene distintas vías de entrada hacia el interior del lector y debemos permitirlas y favorecerlas todas. Por un lado, el padre deberá poner su propia voz a los textos literarios para acercárselos oralmente al niño de un modo apasionado, cálido, honesto y amoroso. Por otro lado, poco a poco permitirá al niño aproximarse a la «experiencia sensitiva» con los libros, es decir, pondrá ante él un abanico lo suficientemente variado y estimulante de textos como para que el pequeño lector se enfrasque en una despendolada orgía sensual en la cual tocará, olerá, saboreará y visionará todos esos materiales en busca de sus claves, de sus rutas literarias. Y finalmente, los padres abrirán de par en par la tercera puerta que es la que aporta al lector la experiencia más exuberante y más erótica: le invitarán a crear sus propios textos, a desnudar su alma y poner palabras a sus sentimientos, palabras narrativas, palabras descriptivas de vivencias, de recuerdos, de lugares y gentes y también palabras poéticas, pinceladas líricas que derramen sus sentimientos por esos universos literarios que sólo compartimos con los seres amados.

Compartamos nuestras lecturas con los niños, hablémosles de los libros que estamos leyendo, interesémonos por sus propias experiencias, invitémosles a organizar entre todos sesiones de Lectura-De-Cercanía, de Lectura de Regazo (en las que serán ellos también protagonistas en la selección de textos), pero pongamos todo nuestro empeño  en los sentimientos, en los climas, en los ambientes afectivos porque de ese modo se formará su espíritu para la observación y la reflexión, aprenderán a ser críticos en sus investigaciones, entenderán mejor sus propias claves y amarán la palabra.

Para ser lector, sobre todo, hay que saber mirar, primero hacia el interior en busca de nuestro yo auténtico, desprovisto de plumas, de presiones sociales y de condicionantes educativos. Y cuando ya tenemos claro lo que realmente amamos podemos empezar a contemplar pausadamente el racimo infinito de sensaciones, emociones y experiencias que nos ofrece el mundo para así poder seleccionar los frutos selectos que satisfagan nuestro apetito literario.

No es oro todo lo que reluce
Seamos honestos con nuestros niños y jóvenes, no les llenemos la cabeza de grandes promesas de lecturas con poderes extraterrestres (que les recordarán las mentiras publicitarias). Hablémosles con humildad y reconozcamos –como hace Luis Landero– que «la lectura a menudo es un placer que cuesta, aunque sólo sea porque supone aislamiento, concentración, esfuerzo, además de esclarecer o asumir incertidumbres, cosa que siendo placentera es también problemática, como cualquier actividad donde la mente y los sentidos han de estar alerta y a veces en tensión».

Pero al mismo tiempo ayudémosles a descubrir –de la mano de Richard de Bury– que «los libros son los maestros que nos instruyen sin golpes ni férulas, sin palabras amargas ni arrebatos de cólera. Si nos acercamos a ellos, jamás están dormidos; si les preguntamos, jamás nos ocultan algo».

Coda quimérica
Como diría Oliver Wendell, «no importa tanto dónde estemos, sino hacia dónde avanzamos. Para arribar a puerto seguro a veces navegamos con el viento a favor y a veces en contra; pero la cuestión es navegar, no derivar sin rumbo ni permanecer anclados». En la travesía de la formación lectora surgirán innumerables escollos e intervendrán infinitos elementos disruptivos (paranoia incongruente de las administraciones políticas y educativas, escaso compromiso del profesorado, irresponsabilidad de los padres, despiadado marketing audiovisual…).

Ante ellos sólo podemos adoptar una actitud, si somos auténticos y todavía cobijamos una buena dosis de utopía: comprometernos a dar a todos los niños la oportunidad de descubrir que existe una maravillosa literatura que brota en el alma, anida en el corazón y se eleva hacia el cielo como un suspiro de amor. La pasión por los libros sólo se contagia desde el sentimiento, desde las emociones honestas, desde la cordialidad sensual de quien quiere regalar lo mejor de sí mismo.
                          

Kepa Osoro

(1)Colomer,Teresa. (1999) Introducción a la literatura infantil y juvenil. Madrid: Síntesis.

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